Año 1521. Pamplona. Un joven capitán, vanidoso y obsesionado con la gloria militar, cae herido de gravedad. Una bala de cañón le destroza la pierna y lo postra en una cama durante meses.
Su nombre era Íñigo.
Desesperado por el aburrimiento, Íñigo pide novelas de caballerías para pasar el rato. Pero en aquella casa no hay libros de ficción. Solo encuentran dos viejos tomos llenos de polvo: una Vida de Cristo y un Flos Sanctorum (Vidas de Santos).
A regañadientes, comienza a leer.
Lo que ocurrió después cambió la historia de la cristiandad. Página tras página, la vanidad de Íñigo se derrumbó. Leyendo sobre San Francisco y Santo Domingo, se preguntaba: "¿Y si yo hiciera lo mismo que estos hombres?". Esos libros le enseñaron a distinguir la voz de Dios de la del mundo.
Íñigo se levantó de esa cama convertido en San Ignacio de Loyola.
La lección es clara: Dios no necesitó una aparición milagrosa para convertir a un soldado mundano en un gigante de la santidad. Usó un libro.
Hoy, tú tienes acceso a esa misma sabiduría. No esperes a una "bala de cañón" para empezar a escuchar a Dios.